Hablaré en tanto que redactor de la revista “El Rayo que no cesa”, que es una revista que elaboramos desde Barcelona un grupo de psicólogas, psicólogos, y trabajadores sociales, y hablaré de por qué Contrapsicología en el marco de si puede o no puede la psicología ponerse al lado de los de abajo, de los oprimidos.

Contrapsicología quiere decir, fundamentalmente, tres cosas: Denuncia, estudio y actividad terapéutica. Yo voy a centrarme en la denuncia, y solo introduciré para desarrollarlo, en todo caso en el debate, los otros dos conceptos (estudio y actividad terapéutica) puesto que pienso que la denuncia explica por sí misma el porqué de la necesidad de la Contrapsicología, de una, de varias o de muchas contrapsicologías, que es lo que desearíamos por otra parte.

La Contrapsicología comparte tesis de Michel Foucault, y las tesis de la Antipsiquiatría de Laing, Cooper, Basaglia, refrendada por muchos otros, como Deleule o Lerena, que plantea esquemáticamente que tras la revolución burguesa del SXVIII, el Estado y las clases poseedoras de los medios de producción y la tierra, es decir, los de arriba, sofisticaron sus mecanismos de dominación social, basando buena parte de tal dominación en el perfeccionamiento de las técnicas de introyección en las mentes de los de abajo, de su moral y de la mistificación del sistema económico y social. Perfeccionamiento o sofisticación de los mecanismos de control social y el control ideológico, entre otras formas (entre otras formas, no es la única forma) con la creación de un arsenal de ciencias de la conducta y de la rehabilitación (ciencias “re” para los que se desvíen de la norma), cuales son la psiquiatría, la pedagogía, el trabajo social y la psicología. Estas disciplinas se habrían convertido en sustitutivos de la religión, que con su eje virtud – pecado, era la que jugaba el papel fundamental de control ideológico en la edad media y parte de la modernidad.

A partir de lo que se llama la Contemporaneidad ya no se tratará de la virtud y el pecado sino que esta dicotomía será sustituida por el eje normalidad – anormalidad, asimilándose además anormalidad a patología. La psicología contemporánea, de la que una breve incursión en su historia y el carácter de sus padres fundadores nos remite una tradición muy siniestra. Desde Wundt y su experimentalismo, queriendo atrapar en laboratorios y leyes generales las reacciones y las emociones humanas; pasando por Galton, defensor de la eugenesia; Gerkets, Ottis, Binet, Catell y sus tests nacidos al servicio del ejército en la Primera Guerra Mundial, es decir, nacidos para seleccionar personas para enseñarles a matar o a morir, y al servicio de las autoridades de inmigración y el sistema educativo oficial, para detectar como inferiores, por debajo de medias en inteligencia, habilidades sociales, y otros constructos similares y segregar a inmigrantes, negros, niños de la clase obrera; continuando por los conductistas y su eje castigo – premio extraído de la pedagogía, llamada por algunos como Alice Miller pedagogía negra del SXIX; hasta las actuales teorías sociocognitivas y biológicas en la tradición clínica Kraepeliana de diagnóstico como enfermedad mental individual, error de razonamiento, desviación social patológica, de las experiencias psíquicas inusuales de personas que no soportan la presión de una sociedad estresante, competitiva, etc.

La psicología contemporánea hegemónica actúa, en general, no como una disciplina terapéutica –terapia viene de “terapeueien” que significa servir o ayudar, aunque también quiere decir alianza debido a su doble raíz- si no que actúa como un aparato de normalización social y aliada con los poderosos.

Esto a alguien le puede parecer, y más decirlo en una facultad de Psicología, duro e incluso puede parecerle exagerado. Yo voy a intentar validar esta afirmación, que ya digo, no es una afirmación exclusivamente nuestra, sino que ya otros, y he citado, han hecho, y la voy a intentar validar con datos sobre la actividad que actualmente lleva a cabo en el estado español la psicología hegemónica y oficial, datos a los que son tan adictos los que pretenden cubrir con un manto de ciencia o de cienticismo.

En cada cárcel del estado español existen unos equipos llamados de tratamiento, compuestos por asistentes sociales, educadores y la figura del psicólogo que es la central de tales equipos. Estos equipos de tratamiento actúan bajo el amparo de los artículos 59 y 62 de la Ley Orgánica General Penitenciaria. Estos artículos dieron entrada en las cárceles a, cito la ley: “El tratamiento basado en el estudio científico de la constitución, el temperamento, el carácter y las actitudes del sujeto encarcelado.” “Este tratamiento se pretende –vuelvo a citar a la ley- que debe realizarse de una forma individualizada consistiendo en la variable utilización de métodos biológicos, médicos, psiquiátricos, pedagógicos, psicológicos y sociales en relación a la personalidad del interno.” Detrás de este rimbombante lenguaje de la Ley Orgánica General Penitenciaria se percibe con claridad el intento de tratamiento de la mente del sujeto encarcelado, sin la exclusión de la posible medicación neuroléptica obligada, tal como dice textualmente la ley “utilización de métodos biológicos, médicos, psiquiátricos”. Conocemos que, por lo menos, en los últimos seis años en las cárceles españolas se está utilizando sobremedicación neuroléptica para apaciguar a los presos. Estos llaman a las tomas “el potito” porque se las dan en un botecito de plástico pequeño y desconocen los efectos secundarios que producen (una compañera psicóloga que hizo prácticas en una prisión nos explicaba como un preso le explicaba a ella que otro compañero suyo que era un poco rebelde, ahora no podía ni hablar con él porque estaba babeando continuamente). Esto se está dando en las cárceles de forma profusa.

Los equipos de tratamiento, cuyo eje vertebrador es el psicólogo o la psicóloga, en la práctica son los que deciden la libertad o no de los presos, pues su función es regular la forma y el tiempo de condena carcelaria modulándola a partir de la toma de decisiones sobre el pase de grados (primero, segundo o tercer grado) y aconsejando o no el régimen abierto. Las deliberaciones de estos equipos son secretas y los abogados no tienen derecho a participar en las discusiones ni siquiera como observadores. El tratamiento debería ser voluntario, pero la no aceptación del tratamiento psicológico por parte de un preso va a implicar ser considerado como indicador negativo por parte de este equipo de tratamiento y por tanto indicador negativo de rehabilitación por lo que no se le van a otorgar pases de grado o régimen abierto, algo que el preso sabe perfectamente. Presos como Jose Tarrío en su libro “Huye, hombre, huye. Diario de un preso F.I.E.S.” han denunciado el papel represor de la psicología en las cárceles llamando a los componentes de estos equipos, científicos de la deshumanización.. Abogados, por ejemplo, de presos en Barcelona, redactores de la revista Panóptico, denunciaban el año pasado en una charla en la Universidad Autónoma de Bellaterra de Barcelona, como presos defendidos por ellos decían que no iban a firmar cartas donde se denunciaban malas condiciones higiénicas, malas condiciones de comida o malos tratos en las cárceles, porque si firmaban esas cartas el equipo de tratamiento, es decir, el equipo de psicólogos, educadores y asistentes sociales, no les iban a dar el régimen abierto y estaban a punto de conseguirlo. Nada tiene que ver con el concepto terapia el ejercer de carceleros. Terminamos con dos últimas aportaciones de datos sobre el papel de la psicología en las cárceles. Los equipos de tratamiento, a pesar de adjetivar su labor como individualizada, tratan, a veces, hasta trescientos casos en una sesión en una sola hora, denunciaba también el Colectivo Contrajurídico de Barcelona. Es decir, no se de que tipo de tratamiento individualizado deben estar hablando. Por otro lado, estos equipos de tratamiento y la psicología actuando en las cárceles, es claramente cómplice de una situación en las cárceles españolas donde existe la figura del aislamiento, hasta hoy llamada F.I.E.S. aunque ahora no la llaman así porque ha habido una presión social, y donde hay hasta sesenta muertes en plazos de siete meses, muchas de ellas sin ningún tipo de explicación (por envenenamiento, sobredosis dicen, suicidio, etc.). Yo creo que no hay que negarle ayuda psicológica a alguien que ha cometido un delito, aunque, para empezar, esto de delinquir es un concepto muy relativo, porque en las cárceles están la gente del pueblo, la gente de las clases más desposeídas por pequeños ilegalismos, pero no creo que haya que negarle ayuda psicológica a alguien que está en la cárcel aunque pienso también que la cárcel es claramente a abolir. Lo que si que es claro que mezclar la pretendida ayuda terapéutica y psicológica con decisiones de carceleros es pervertir esa ayuda, es convertirla, no en ayuda sino en lo contrario.

Prosiguiendo con los datos sobre el papel de la psicología hegemónica como agencia de control social, existe como sabéis una disciplina que se pretende, cómo no, científica en la psicología, que se autodenomina Psicología Forense. En ella se entrena a los que estudian tal materia a diagnosticar patologías antisociales. Se trata después de aconsejar a los jueces para que decidan sobre el tipo de pena o sentencia a aplicar a gentes que transgreden las leyes. Esto, de nuevo, no tiene nada que ver con la terapia, porque el tipo de castigo a aplicar a alguien que transgrede una ley no es un asunto de terapeutas, además, yo tengo la certeza de que el castigo es siempre antiterapéutico y productor de patologías. Sin embargo todo un sector de la psicología, ampliamente representado en la llamada psicología forense, está muy interesado, a veces con conflictos con la psiquiatría también llamada forense y con la judicatura, pero normalmente en maridaje, en ganar terreno en la aplicación de la parcela de poder que significa la modulación del castigo judicial.

El tipo de diagnóstico sobre antisociabilidad de la psicología hegemónica es revelador de su defensa del sistema. Uno de los síntomas que el DSM-IV de 1994 utiliza para caracterizar lo que es considerado una patología antisocial (sabéis que tienen que haber cuatro síntomas de todos ellos) es clarificador. Os lo leo textualmente: “Irresponsabilidad consistente indicada por fallos en mantener una conducta de trabajo consistente o en cumplir obligaciones financieras”. Más claro, el agua. Se está defendiendo simplemente y se está diciendo que es un trastorno o una patología aquello que no es más que la transgresión de un valor de un sistema, el capitalismo, el cual es el trabajo y las finanzas y sus obligaciones. El DSM anterior al de 1994, el DSM-III, aún era más salvaje y pretendía que otro de los síntomas fuera la promiscuidad sexual. Sin comentarios. El papel de la psicología forense a mí me parece muy peligroso. En Estados Unidos, desde hace años, se está discutiendo, y psicólogos, psiquiatras y algunos jueces están defendiendo que en caso de delincuentes que han cometido delitos con gran impacto social, que hayan cumplido condena, a pesar de haber cumplido la condena, si un informe psicológico plantea que podría volver a cometer el delito, la condena continúe. Es decir, que se condene a cárcel a alguien sobre la base de intenciones descubiertas psicológicamente. En Inglaterra, el ministro del interior laborista Jack Straw, cuyo nombre, por cierto, ha quedado grabado para siempre para el basurero de la historia por permitir la vuelta a Chile sin ser juzgado de Pinochet, presentó, en enero del pasado año 1999, una propuesta en el parlamento de detención indefinida de personas diagnosticadas enfermas mentales si se las consideraba, previo diagnóstico psicológico, individuos antisociales peligrosos. La detención indefinida de tales personas se daría aunque no hubieran cometido ningún delito, es decir, sobre la base, otra vez, de previsión psicológica de posibilidad de cometer algún delito algún día. Esta proposición de Jack Straw levantó un movimiento en Inglaterra de protesta y aunque está en suspenso mantiene la posibilidad de discutirse en el parlamento. Desgraciadamente, sabemos que lo que ocurre en el corazón del imperio, Estados Unidos, o en sus nódulos centrales, Inglaterra, llega a la periferia de ese imperio, por ejemplo, el Estado Español, al cabo de muy pocos años.

Sigamos con los datos sobre el papel de la psicología hegemónica. En este momento cientos de psicólogos y psicólogas están trabajando en empresas de trabajo temporal. Sabéis que estas empresas funcionan bajo la base del prestamismo laboral, generalmente son sucursales de bancos o multinacionales. Son empresas que se aprovechan del paro estructural (del ejercito permanente de reserva del capital que decía Marx) y de la llamada movilidad del mercado laboral que están implicando las nuevas tecnologías, y se aprovechan para alquilar a trabajadores temporalmente y quedarse a veces hasta el 50% del salario de los trabajadores que alquilan a otras empresas. ¿Qué hacen ahí los psicólogos? Pues entrevistas y pases de tests para contemplar las habilidades del trabajador y la consiguiente sobreexplotación de esas habilidades. Además intentan identificar lo que llaman rasgos del carácter de la persona que puedan ser peligrosos para la paz laboral y que no aceptan la sumisión a la sobreexplotación.

Existe, como sabéis, otra disciplina que se pretende científica dentro de la psicología oficial que se llama psicología Industrial y de las Organizaciones, y en las bolsas de trabajo de las Facultades de Psicología el perfil del psicólogo industrial y de las organizaciones es el que más posibilidades tiene de encontrar trabajo. ¿En qué consiste su trabajo? Pues consiste en seleccionar personal en las empresas, en decidir técnicas de cómo montar la producción o cómo potenciar las campañas de publicidad, utilización del deseo y lo subliminal, diferencial semántico y demás tecnologías psi, del consumo de productos de esas empresas. De nuevo nada que ver con lo terapéutico.

Más datos. Existe otra disciplina que se pretende siempre, como no, científica, en la psicología que se llama Psicopedagogía. La educación y la terapia no tienen nada que ver, ya que la educación tiene que ver con imponer valores y la terapia con ayudar. Pero al margen de discusiones teóricas ¿qué está haciendo la psicopedagogía en lo concreto? Pues la psicopedagogía está intentando detectar a niños y adolescentes “retrasados” con arsenales de tests para segregarlos de sus compañeros y enviarlos a lo que ahora llaman Fondos de Garantía Social con la ESO, es decir, a una Formación Profesional “especializada” destinada a quienes no se espera socialmente nada de ellos y destinada a los que ya se etiqueta previamente como fracasados. Más escandalosamente aún, psicólogos y psicopedagogos armados teóricamente de la psicopedagogía en residencias para adolescentes y niños de acogida en Cataluña, están haciendo cosas tan salvajes como utilizar Haloperidol, Necmatil, Cypresa, es decir, medicación neuroléptica de choque para niños de doce, trece años cuando presentan problemas de disciplina. Y esto se está haciendo de tal manera que el psiquiatra que está recetando esa medicación, ni siquiera está viendo al niño. Éste está teniendo conversaciones telefónicas con el psicólogo del centro y está pasando las recetas. Hay cosas realmente escandalosas. Yo hace poco estuve trabajando en una residencia de Aldeasos en Barcelona y había un chaval, con el que me relacioné bastante y quise bastante, que estaba diagnosticado de retraso mental, y en el que, por otra parte, no encontré ningún retraso mental. Entonces miré los informes, y ese chaval, que había entrado con cinco años por problemas del marco familiar, se le habían pasado test, el WAIS, el WISC, concretamente, no tenía ningún retraso mental. Pues bien, seis años después de estar en esa residencia se le pasaban los tests y se le detectaba como retrasado mental , se le enviaba a escuelas de retrasados mentales, etc., es decir, se le facilitaba una identidad, una identidad falsa en este caso. Bueno esto es lo que está haciendo la psicopedagogía en general.

En cuanto a más datos sobre la psicología, tal vez ya para acabar con los datos en cuanto a la llamada Psicología Clínica. La psicología en este caso, en el estado español, está como aliada y sirviente de la psiquiatría oficial defendiendo y sosteniendo la siguiente situación. Según datos de 1995, ya que es muy dificil obtener datos psiquiátricos más recientes, (nosotros estamos intentando obtenerlos con el Sindi De Greushe de Cataluña, que es una figura análoga al defensor del pueblo, y nos pone continuamente trabas para no proporcionárnoslos) hay aproximadamente 50.000 personas internadas en instituciones psiquiátricas, y muchos más de 50.000 diagnosticadas o en situación ambulatoria (más de trescientas mil). El número es similar al de presos en las cárceles que también, según datos de 1995, es de 50.000 personas, y si sumamos ambas poblaciones nos da un dato muy inquietante que es de cada 500 personas 1, en el estado español, está encerrada. Si a eso le sumamos los niños en residencias, las personas mayores geriatrizadas, el dato es escandaloso sobre el gran encierro que no acabó en el SXVII. El internamiento psiquiátrico se está produciendo en nuestro país en la siguiente situación, ya sea el temporal, en lo que se llaman residencias de agudos, o ya sea, en muchos casos, el de por vida en manicomios que siguen existiendo en España a pesar de la reforma psiquiátrica: Perdida del derecho al desplazamiento libre y a la utilización del propio dinero, perdida del derecho a la libre comunicación con el exterior, perdida del derecho a la libre relación sexual, perdida del derecho a organizar el propio tiempo y actividades, sometimiento a medicación neuroléptica obligatoria sin información de efectos secundarios y reacciones adversas y muchas veces administrada y mezclada en la comida o la bebida sin conocimiento de la persona receptora, registro y control de las propias pertenencias y empleo como mano de obra barata llamándole a eso laborterapia. El electroshock y la lobotomía son legales en este país. El primero, el electroshock, se está aplicando con profusión. Hace apenas una semana una persona nos explicaba que en el psiquiátrico municipal de Barcelona, había estado ingresada en una unidad, que teóricamente es una unidad de crisis, siete meses, y había recibido una tanda de trece electroshocks en esos siete meses. La lobotomía es legal en este país, y se aplica también, ahora, eso sí, con rayo láser. Y el electroshock, por otro lado, se está extendiendo, ya no solo a la psicosis y a la depresión mayor, sino que están aplicándolo también al Parkinson. Ser etiquetado como enfermo mental, con un diagnóstico medico psiquiátrico psicológico puede suponer ser incapacitado legalmente, perder los derechos civiles, a veces para toda la vida con las incapacitaciones definitivas, e imposibilidad de acceder a ciertos trabajos, como por ejemplo profesor universitario, educador, etc. Sólo en Barcelona más de 3.400 personas fueron ingresadas en instituciones psiquiátricas, datos siempre de 1995 que son los últimos que se pueden obtener, contra su voluntad por vía judicial. En este país hay una ley especial, es decir, una ley antidemocrática, ya que es una ley que legisla sobre una población determinada, es decir, que considera que hay una población sobre la que habría que legislar especialmente. Esta es el artículo 211 del Código Civil que plantea que una persona puede ser encerrada en un psiquiátrico sin que haya cometido ningún delito de los tipificados en el Código Penal, por eso digo esto de que es una ley especial, y a propuesta de un médico pueden pasar 24 horas de internamiento sin que lo vea ningún juez ni ningún médico forense. Las causas para el internamiento judicial son tres: Posible empeoramiento de la enfermedad, es decir, que un médico decida sobre el otro encerrarlo porque piensa que puede empeorar su enfermedad, lo que es una causa subjetiva; posibles agresiones a otros y posibles autoagresiones. Lo de posibles agresiones a otros vuelve a ser muy subjetivo, y en cuanto a las autoagresiones, la discusión de fondo es ¿de quién es mi cuerpo? ¿de quién es el cuerpo de cada cual?. Esto no quiere decir que estemos de acuerdo en intentar que la gente se haga daño. Por otro lado, en la práctica ni siquiera se respeta el articulado de esta ley, que ya digo, es especial, y los jueces y los médicos forenses no ven a los pacientes (esto reconocido incluso por el Sindic de Greuse en sus informes) y se están aplicando prácticas de ingresos voluntarios convertirlos en ingresos médicos y después judiciales para que la persona que ha ingresado no pueda irse cuando lo desee.

La reforma psiquiátrica en España en 1985 no solo no acabó con los manicomios, como se pretendía oficialmente, sino que creó estructuras manicomiales con otros nombres, unidades de agudos, residencias asistidas, pero, tal como he dicho, en las primeras hay personas que pasan hasta siete y ocho meses, a pesar de ser caracterizadas como unidades de crisis, además en éstas las personas salen y vuelven a entrar. Esta reforma psiquiátrica cuando si cerró algunos manicomios en el estado, en general lo hizo en aquellos que tenían un gran valor inmobiliario, en centros neurálgicos de ciudades, y no creo estructura intermedia por otro lado, es decir, no creo centros de día, no creo pisos protegidos, etc., provocando una desinstitucionalización sin ayuda que provocó en muchos casos la conversión del llamado loco o loca en alguien sin techo. Por otra parte se pretendió que tal reforma era antipsiquiatría, cuando no era más que reestructurar más de lo mismo, es decir, medicalización, encierro, abandono y además negocio.

Hablando de negocio, y así para acabar ya con los datos, la psicoterapia o es inexistente en la red de salud mental pública, donde la atención se reduce al tratamiento ambulatorio, es decir, a la medicalización y controles trimestrales de esa medicación con visitas cuya media es de diez minutos, es decir, se medica, se ve a la persona cada tres meses durante diez minutos y cuando entra otra vez en brote se la ingresa, o cuando excepcionalmente se consigue, con largas listas de espera que haya sesión de psicoterapia, éstas son quincenales como mucho, y aquí las medias sí que suben un poco (quince minutos hemos calculado en Barcelona). De esta situación se aprovechan muchos psiquiatras y psicólogos privados, algunos, los primeros, que también están en la pública y otros, los segundos, profesores de universidad, por lo menos en Cataluña, que cobran hasta 15.000 o 20.000 Ptas. por visitas los psiquiatras y medias de 7.000 Ptas. por visita los psicólogos, ese es el precio que aconseja el Colegio de Psicólogos de Barcelona a sus asociados.

Bueno, tras este recorrido por el papel de la psicología hegemónica en lo carcelario, lo judicial, lo educacional, lo laboral y lo clínico, parece obvio el porqué de la necesidad de una, varias o muchas contrapsicologías. Creo que los hechos hablan por sí solos. En esencia hablar de contrapsicología quiere decir sobre todo, primero que el objeto y la práctica de la psicología deben ser resituados. La psicología, en tanto que disciplina terapéutica solo puede tener sentido como psicología básica, en tanto que el estudio del experienciar la “realidad” por parte del ser humano y en tanto que psicología aplicada como ayuda frente al sufrimiento psíquico, siempre que esa ayuda sea libremente demandada, nunca impuesta. Es decir, se trata de resituar la psicología como terapéutica frente su utilización en lo judicial, lo laboral, lo educacional, lo productivo, que no tiene nada que ver con la terapia y que se trata además, en este caso, de aliarse con un sistema social determinado que es el que produce, por otro lado, problemas mentales. Lo segundo también es que la psicología, y eso es contrapsicología, debe elegir entre los que provocan el sufrimiento (explotación económica, condiciones de vida de hacinamiento, imposición de valores de competitividad, de sumisión, de violencia, clases sociales, estrés, depresión, etc.) frente aquellos que son objeto de tal sufrimiento y que caen, que a veces caen. Uno de los componentes del colectivo de Psiquiatrizados en Lucha que existió en los años 70, Leopoldo María Panero, decía: “En esta sociedad algunos caen y otros no. A los que caen y nadie sabe por qué se les llama locos”. La psicología debe elegir entre el profesor, el padre, el patrón, el policía y el niño, el que está encarcelado, el obrero explotado, la mujer maltratada, y ahora está eligiendo con los de arriba.
¿Por qué contrapsicología? Porque queremos elegir con los de abajo. La psicología hegemónica, efectivamente, que se inició hace poco más de cien años, ha decidido ponerse al servicio del sistema y abandonar lo terapéutico como central, desviándose al terreno de soporte de las instituciones de este sistema. También nosotros pensamos que contrapsicología es la búsqueda y el estudio de otros hilos que desde la psicología, aunque muchas veces han tenido que, por problemas de identidad, separarse de la psicología, adoptar otros nombres, han centrado en la escucha del que sufre en la alianza con este y en la negativa a la violencia y a la colaboración con el sistema. Desde algunos psicoanalistas, que no desde el psicoanálisis, como Wilhelm Reich, Diom, Erich Fromm, Alice Miller, pasando por la antipsiquiatría con Laing, Cooper, Mary Barnes, Josef Berke, etc. Contrapsicología es también, finalmente, actividad terapéutica, con todas las contradicciones que implica el saber que aquello que llamamos enfermedad mental es, en general, producto de las contradicciones sociales de un sistema invivible que deprime o conduce a muchos a huir de lo real, por una insoportabilidad subjetiva de una situación que es realmente bastante insoportable si uno la analiza. Bien, esto es lo que queríamos deciros del por qué contrapsicología y como debería plantearse la contrapsicología y sus ejes, y también deciros que no se trata de una contrapsicología, sino de muchas contra psicologías, cuantas más, mejor.

Extraido de Klinamen.org
http://klinamen.org/article3590.html

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